En los países de Asia Oriental, los hijos desarrollan una especie de performatividad disciplinada. Desde que tienen memoria, se espera que interpreten el papel de hijos afables, bondadosos, respetuosos, frugales y deferentes. Si no lo consiguen, es «NG» —una toma fallida— y hay que empezar de nuevo. Valiéndose de su autoridad y de sus propios valores, los padres se convierten en los «directores» de la casa. Con la ética confuciana como línea maestra del guion, exigen que sus hijos interpreten, según la ocasión, papeles distintos y siempre apropiados.

Si el intérprete tiene talento nato, se apega a las líneas generales del guion y actúa bien, el director se ahorra tiempo y esfuerzo. Pero si no sabe actuar o lo hace tan mal que hay escenas que sencillamente no logra sacar adelante, el director entra en escena para mostrarle qué identidad asumir, qué convicciones sostener, qué expresión adoptar… Si ni siquiera después de la demostración consigue representar el papel como se espera, los directores con medios y recursos buscan otra salida: si el intérprete no da el ancho, se recurre a la tecnología. Intentan hacer pasar lágrimas falsas por verdaderas con «gotas para los ojos» o, de plano, saturan la escena de efectos especiales y se pasan a otro terreno.

Hay algo que le causa todavía más dolores de cabeza al director: que el intérprete sepa actuar, pero se empeñe en no seguir el guion. A sus ojos, un intérprete así es el colmo de la desobediencia: alguien que «no obedece ni sabe comportarse». Y la desobediencia pasa a clasificarse como otra forma de «incapacidad». El director obtiene entonces dos satisfacciones inmensas: ejercer su poder autoritario e imponer sus valores. Con ese poder corrige y doblega a golpes al intérprete «fuera de la norma», hasta obligarlo a seguir las líneas generales del guion. De paso, menosprecia esa conducta «fuera de la norma», la redefine como incapacidad, le lava el cerebro una vez más y le impone una nueva escala de valores.

Al intérprete desobediente, el director tiene que doblegarlo a golpes, sí o sí: castigar a uno para escarmentar a cien, «matar a la gallina para asustar a los monos». Así resuelve el problema de una vez por todas y alcanza varios objetivos al mismo tiempo: un negocio redondo en el que todo es ganancia. Una vez sometido, el intérprete ya no podrá vivir sin el director: «¡Mira el mundo de afuera! ¡Hay lobos por todas partes! ¡Es muy peligroso! ¡Cuán misericordioso es el director al librarte de todo peligro!». El intérprete siente gratitud y, al mismo tiempo, culpa por haber sido «desobediente y poco sensato»; así, termina entregándose en cuerpo y alma al director, atado a él por los siglos de los siglos. Las únicas dos piezas de repertorio que aprende —y que representará toda la vida— son las «óperas modelo» de la Revolución Cultural y el cambio de máscaras de la ópera de Sichuan.

En suma, en las familias de Asia Oriental quien tiene que triunfar es el director; que el intérprete triunfe o no es lo de menos. Si triunfa, el director queda como un genio; si fracasa, siempre puede sustituirlo por otro hermano o hermana, o hasta empezar de cero con otra «cuenta alterna»: un sobrino, una sobrina o uno de sus nietos. Pase lo que pase, el prestigio del director queda intacto. A veces, es precisamente la «incapacidad» del intérprete la que permite al director lucir sus poderes casi sobrenaturales.

¿Cuándo comprenderá el intérprete que todo guion lo escribe alguien? Si ya no puede actuar para otros o no logra hacerlo bien, puede dejar el papel y negarse a seguir actuando. Puede interpretar únicamente las escenas que mejor se le dan, las que más le gustan y las que de verdad quiere representar. O puede, sencillamente, dar por terminado su papel en el guion de alguien más, despojarse por completo de esa piel performativa, reescribir su propio guion y convertirse en el director de su propia vida.